La comunidad del parque: perros unidos por la felicidad

Estilo de vida

La comunidad de los perros del parque

Tobías, el perro

La llegada de Tobías nos cambió la vida. Antes, Gaspar salía al parque solo en los fines de semana con mi papá y un balón de fútbol. Ocasionalmente yo los acompañaba. Lo conocían en el barrio como el perro futbolista y cuando lo sacábamos de vez en cuando a la calle nos preguntaban si era él, el que jugaba en el parque y controlaba el balón. Pero no era una rutina diaria sacarlo, menos aún a la misma hora, todavía menos más de una vez.

Entonces llegó Tobías, hace poco más de un año. Tobías no acepta hacer sus cosas en el patio de la casa, como Gaspar lo había hecho toda vida. Parte de recibirlo con los brazos abiertos fue hacernos a la idea de sacarlo al parque al menos tres veces al día, lo que es apenas normal en términos caninos. Todos pensábamos que iba a ser cosa de salir, cinco minutos, pipí, popó, casa. Pero no. O al menos no para la salida de las noches, que progresivamente se fue alargando hasta durar una hora, de seis a siete de la noche, todos los días.

Los amigos de Tobías

Tobías comenzó a hacer amigos. Pía, Barto, Luana, Dash, Dante… por nombrar solo a algunos. De todas  las razas o revueltos de todas ellas. Muchos, casi la mayoría, son adoptados. Algunos desde chicos, otros por circunstancias de la vida. Cada uno con una personalidad propia, distinta, curiosa, cariñosa, consentida, relajada… Es imposible decir que son perros y ya, de los de antes que estaban en el jardín de en frente y cuidaban la casa.

Y claro, están los papás y mamás de la jauría del parque. Mientras corrían de un lado a otro, en manada, turnando al que los dirige y cercando a los nuevos del parque antes de aceptarlos e invitarlos al grupo, los humanos se fueron acercando poco a poco, o tal vez ya eran unidos y solo nos dimos cuenta en ese momento en que nos integramos a él. Mientras jugaban, ladraban, corrían y saltaban a toda velocidad, entre los gruñidos de cariño y los ladridos retadores y bromistas, los humanos nos fuimos acercando poco a poco.

Y los papás de todos

Creo que los dueños de mascotas tienen casi siempre algo en común. No sé si sea la empatía, no sé si sea el cariño por las mascotas, no sé qué sea, pero la mayoría tiende a ser amable, buena persona, sobre todo con quienes puede relacionarse de cierta forma. Y así las conversaciones variaron ligeramente. Pasaron de los juegos caninos a la salida del colegio o los problemas de la universidad o el tráfico.

Los perros, de la manera en que solo ellos son capaces de hacerlo, unieron a un grupo de humanos que viven a pocas cuadras de distancia y que de ser otra la situación probablemente nunca se habrían conocido. Pero de repente, entre bromas de que Pía era la novia de Tobías y que otro se creía gigante al ser solo una gota, el grupo del parque fue tomando forma. Fuimos riendo también los humanos. Fuimos formando una comunidad. El rato en el parque se fue transformando en un momento de relajación, de felicidad, para los que van. Yo no lo hago sino un par de noches a la semana, por trabajos, por tener clase y llegar más tarde, por cualquier cosa.

Cada vez que voy vuelvo más ligera a la casa, consciente de que hay algo más grande, más bonito, más feliz, a lo que nos llevó Tobías inocentemente al pedirnos que lo sacáramos al baño cuando llegó a la casa. Tobías, como dije al inicio, fue el comienzo de un nuevo momento en nuestra vida en el barrio y nos la cambió para mejor. Nos hizo salir y ver dónde vivimos y con quiénes vivimos. Entablar relaciones y disfrutar con ellas. Celebrar los momentos bonitos.


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